En cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012 te avisamos de que esta página usa cookies. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. ¿El qué? Más info

Esta semanita, mientras Laurielle recupera las manos un poquito, vamos a subir un relato en dos partes sobre otros personajes, que la vida en El Vosque continúa más allá de Adán

Bovenia tenía en común con sus habitantes el ser frío, lúgubre y ocasionalmente violento.

Sus calles oscuras, apenas iluminadas por la luz temblorosa de los candiles solo eran atravesadas apresuradamente por paseantes que claramente desearían estar en otro sitio. Solo una figura parecía cómoda andando por entre sus sombras, incluso al ojo poco entrenado parecería que dichas sombras lo rehuían, apartándose de su camino como hacía la nieve ante un reguero de lava.

Los habitantes de Bovenia que se cruzaban con el Capitán de Caza Luzsanta le saludaban con una sonrisa. Puede que por falta de entrenamiento, las sonrisas no fuesen las más alegres de todo el reino de El Vosque. Lánguidas, tristes o, en el mejor de los casos, forzadas. Pero eran sonrisas, al fin al cabo.

El Capitán llegó a su destino y atravesó la puerta con la misma seguridad con la que hacía todos sus movimientos. Con su superioridad moral, barrió el interior de la taberna, mientras encontraba ojos que se limitaban a saludarle primero para esconderse después.

El Sacrificio del Cerdo era una de las pocas tabernas que se mantenían abiertas hasta tan tarde en Bovenia. Que el Capitán decidiese acabar su ronda siempre en ella era una ayuda para el negocio. Ningún vampiro se atrevía a pisar el mismo suelo que el Capitán con más ejecuciones de monstruos en su registro. Eso explicaba que antes de que éste llegase a la barra una jarra de cerveza le esperase.

Tras atacarla con ansia, posó el vaso medio vacío ante los ojos del tabernero, que no dudó en rellenársela de nuevo, no fuese el Capitán a descubrir cómo era el fondo de una jarra.

Volvió a pasar la mirada por toda la clientela del bar, que se esforzaba en no devolvérsela. Luzsanta era terrible ante los vampiros, sí, pero eso no quería decir que no se impusiese ante los demás con la misma facilidad. Era mejor no contrariarle, y con un espíritu tan caprichoso como el del Capitán, para eso lo más fácil era no existir en su mundo.

El escrutinio se encontró con unos profundos ojos oscuros que lo miraban con un atisbo de desafío. El cazavampiros se detuvo tan bruscamente que el tabernero dio un par de pasos hacia atrás. No fue hasta que vio cómo en el severo rostro del Capitán se dibujó una sonrisa que el tabernero rectificó y dio cuatro pasos hacia atrás.

El hombretón agarró su jarra y comenzó a caminar hacia la mesa que ocupaba la mujer, la cual pareció recibir su movimiento con un agradable gesto. En su rostro, una sonrisa cálida y agradable, tan diferente al resto de sonrisas que dejaba claro que la dama no era de aquí, y si lo era, llevaba poco tiempo siéndolo.

- Capitán de Caza Luzsanta. ¿Me permite compartir la mesa con usted, señorita...?

- ¡Oh! Sería todo un honor - respondió la mujer con cierto acento sureño que le recordaba a las agradables playas de la Arena Azul. - ¿Un capitán del escuadrón de cazavampiros de Bovenia? He oído muchas historias sobre su trabajo.

La calidez de la sonrisa se transmitió al ego del Capitán, que miraba hipnotizado a la enjoyada sureña. En su mano, una copa vacía que con un gesto consiguió que el tabernero se acercase a llenársela. Luzsanta admitió sus sorpresa. Ni siquiera él había conseguido que el dueño de la posada se moviese de la barra para traerle bebida ¿Quién era esa mujer y cómo lo había logrado? Con otro gesto, logró que el hombre llenase la jarra de Luzsanta. Desde luego sus habilidades eran dignas de una bruja antinatural, pero su cálida sonrisa no parecía indicar malas artes.

Las copas y la cerveza siguieron cayendo, mientras ambos se enredaban en agradable conversación. El interés de la mujer por el trabajo del Capitán lograron mantener avivado su ego, y el gesto severo con el que había entrado a la taberna quedaba ya muy lejos.

- ¿Y cuántos vampiros cree que ha matado, Capitán? - seguía preguntando con coqueta curiosidad la mujer.

- Imposible contarlos querida amiga – rió el hombre mientras posaba afectuosamente su mano sobre el hombro de la sureña. - Me temo que Bovenia no deja de producirlos. Cuando parece que al fin el pueblo se ha quedado tranquilo, surgen nuevos monstruos de su interior.

La mujer retiró cortésmente la mano de su hombro, mientras seguía hablando.

- Creía que ya no quedaban vampiros desde que los maderos limpiaron el castillo.

El Capitán torció el gesto, quizás por el rechazo, quizás por la afirmación. Intentó enfocar su mirada que se había empañado con las cervezas que no habían dejado de pedir. Miró la copa de ella, aún igual de llena ¿Había bebido? O solo lo fingía. ¿Por qué hacía tantas preguntas? ¿Quién era la mujer y de dónde había salido?

- Pues no parece que lo hayan hecho muy bien ¿verdad? Los casos de vampiros han seguido dándose en nuestro querido pueblo. - El Capitán miró a su alrededor, buscando reafirmación de los lugareños, pero estos se limitaron a asentir en silencio.

- En eso estoy de acuerdo, Capitán. Al menos las ejecuciones de vampiros han seguido ocurriendo en igual número ¿Verdad?

De repente, lo que parecía una noche con final feliz para el Capitán pareció enturbiarse. La mujer parecía tirar de peligrosos hilos con la habilidad de un experto músico. Tenía que pararlo a tiempo, por lo que hizo acopio de toda la sobriedad de la que pudo y se levantó amenazante.

- ¿Qué insinúa, señorita? ¿Cree que puede venir a insultarme a mi propio pueblo? ¿Delante de la gente por la que arriesgo mi vida ante esos monstruos? - los aludidos intentaron ignorar las crecientes voces, pero con la mirada, el Capitán les obligó a darle la razón, aunque fuese con desgana.

La mujer observó a la gente del bar. Muchedumbre de apariencia inofensiva, pero que el Capitán podía controlar usando su miedo con una facilidad pasmosa. Lamentó su error, había mostrado sus cartas demasiado pronto.

- Será mejor que me vaya. - se rindió ella.

- Será mejor que se vaya. Sí. - vociferó él mirando a su creciente público – No queremos a los de su clase en nuestro pueblo.

La mujer recogió su abrigo y salió por la puerta de la taberna, al frío y lúgubre exterior. Miró a su alrededor, y empezó a caminar en dirección a un oscuro callejón.

A los pocos minutos una figura voluminosa la imitó, siguiéndola. Tras una cantidad similar de tiempo, una tercera similar figura repitió el proceso.



En las sombras del callejón, apenas iluminado por los candiles de callejas cercanas, la mujer se detuvo sobre sus pasos. El crujir de la nieve siendo pisada tras ella la puso en alerta. Se giró con rapidez instintiva y observó la figura.

En el bar, el Capitán parecía un hombre vigoroso y severo. En el callejón, parecía un monstruo hecho de oscuridad y miedo.

- ¿Crees que eres la primera que viene haciendo preguntas?

La mujer, a modo de respuesta, le miró desafiante.

- Cuando me he ido de la taberna, - continuó el hombre - medio bar ya sospechaba que eras un vampiro tras hablar con ellos. Para cuando aparezca mañana con tu cabeza en mis manos todo el mundo sabrá que su Capitán les ha salvado de la amenaza de otro monstruo.

- Pero ambos sabemos que no soy un vampiro. - respondió ácida la mujer. - Ninguna de tus últimas víctimas lo era. ¿verdad?

- Claro que no. Hace tiempo que no hay casi ningún vampiro en Bovenia.

- Eso es justo lo que necesitaba oír. - respondió con una sonrisa confiada la sureña.

La mujer sacó su arma con velocidad, y se la clavó certeramente entre las costillas al Capitán Luzsanta, con una mueca de satisfacción.

Pero la mueca se deshizo tan rápido como el Capitán comenzó a reírse. Con un gesto de desdén se arrancó la enorme navaja y la lanzó a la nieve. Antes de que la mujer tuviese tiempo de gritar, el hombre se avalanzó sobre ella, envolviéndola en las sombras.

- He dicho casi ninguno.


Para cuando la tercera figura llegó al callejón era tarde. Rastros de sangre y el arma tirada en el suelo eran lo único que le esperaba. El enorme hombretón se agachó a recoger el arma y maldijo en voz alta. Tras levantarse, Ihk resopló y masculló ante el callejón vacío.

- Ese no era el plan, Lessandra.